El Libro de San Cipriano
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Como tantos otros hombres de la época, Jonás Sulfurino, buscó intensamente la Verdad, el poder, la fuerza escondida detrás del ocultismo. El resultado de su búsqueda, de sus dudas, de sus vacilaciones, y finalmente, de sus certezas, es el que dejó expuesto en el 'LIBRO DE SAN CIPIRANO', que constituye un Tratado perfecto de Magia.

Al mundo entero:
'Yo, Jonás Sulfurino, monje del monasterio de Brooken, declaro solemnemente, postrado de rodillas ante el firmamento estrellado, que he mantenido tratos con todos los espíritus superiores de la corte infernal.. Ellos me han mostrado este libro, escrito en pergamino inmaculado con caracteres hebreos.
Yo expongo al orbe entero que lo que se contiene en este libro es verdad. Yo era un incrédulo, pero la evidencia me sacó de mi error. Aficionado desde niño al estudio de las ciencias, cuando llegué a la edad adulta no había conocimiento que no hubiese profundizado. Pero en el fondo de todos ellos encontraba el vacío.
Mi alma, entonces, se agitaba, sedienta por descubrir la suprema verdad secreta. Cuando profesé como monje en el monasterio de Brooken, consecuente con mis aficiones, solicité el cargo de bibliotecario, y allí en su vasta y antiquísima biblioteca, me aislé por completo y pasé los años en los más profundos y misteriosos estudios.

Allí había innumerables volúmenes que trataban de las artes mágicas. La simple lectura de algunos de ellos me convenció de que allí se hallaba lo que buscaba. Yo me hacía las siguientes reflexiones: no hay duda de que existen los espíritus buenos y malos, y que están relacionados con los hombres. No hay duda tampoco de que estos espíritus se nos pueden aparecer, puesto que al mismo Hijo de Dios se le apareció el Diablo momentos antes de su muerte. No hay duda de que tales espíritus están dotados de una inteligencia soberana, puesto que la misma religión les da el poder de tentarnos, de inducirnos al bien o al mal; luego, si por medio de la Magia puede el hombre ponerse en relación con éstos espíritus, ese hombre logrará alcanzar la suprema sabiduría'.

Todas estas reflexiones se hacía Jonás en su celda solitaria y entre los polvorientos libros de la biblioteca del monasterio, pero aún no se había atrevido a poner en práctica los medios que le condujeran a tal fin. Pero entonces decidió sin más dilación ejecutar su proyecto.

Era una noche de helado invierno. Reinaba una terrible tempestad y, al contemplarla y sentirla, se dijo: ¿Por qué... por qué temblar?. El cielo aparecía negrísimo, cubierto de grandes nubarrones que por momentos quedaban desgarrados por la rojiza luz de los relámpagos. Silbaba horriblemente el viento entre los pinos de la montaña y la lluvia azotaba los vidrios de los ventanales del monasterio.
Jonás esperó a que fuese medianoche y, cuando todos los monjes estaban ya recogidos en sus celdas, emprendió la marcha hasta la cima de la montaña. Y a en lo alto, el huracán se estrellaba contra su cuerpo, los relámpagos cruzaban incesantemente sobre su cabeza y el vendaval retorcía furiosamente su hábito monacal.

Pero Jonás, firme como una de las rocas que tenía bajo sus pies, no se amedrentaba ni vacilaba en su empresa. Entonces llamó al Diablo...
- ¡Si es verdad que existes -gritó con voz de trueno- oh poderoso genio del Averno. Preséntate a mi vista!
Al punto, en medio de un relámpago formidable, se apareció el espíritu infernal que había invocado.
- ¿Qué me quieres?
- Quiero entrar en relaciones contigo
- Concedido. Vuélvete a tu celda. Allí me tendrás siempre que desees. Pues sé lo que quieres, te revelaré todos los secretos de este mundo y de los otros. Te entregaré un libro que será como el catecismo de las ciencias exactas y secretas, catecismo que solo podrán comprender los iniciados.

Y desapareció... Jonás tornó al monasterio y volvió a ver a su gran y misterioso amigo siempre que le fue necesario. El le reveló el libro que ha legado a la posteridad como la llave de oro que abre y descifra los supremos arcanos de la vida y de la naturaleza, completamente ignorados por los seres incrédulos o vulgares.

Monasterio de Brooken, Año de Gracia, 1001.